Las voces de la biblioteca

Las voces de la biblioteca

Por Elvis Orellana Espinoza. Ecuador, mayo 2023. 


Alrededor del año 1970 vivía en Argentina un joven profesor a quien le ofrecieron trabajar con un importante psiquiatra de Ecuador. Su trabajo consistiría en enseñarle al médico ecuatoriano, las principales obras de la literatura universal, porque éste desarrollaba una investigación sobre los vínculos entre salud mental y literatura.

Para enseñarle todo lo que necesitaba saber el psiquiatra, el profesor argentino Fernando Benavides viajó hasta Cuenca para quedarse en la hacienda del doctor. Durante los primeros días de clase, el doctor Macías escuchaba con atención las lecciones de Fernando; al cabo de un tiempo el médico empezó a ausentarse, dejándole prácticamente solo en aquella enorme y tenebrosa hacienda antigua que databa del siglo XVII. 

Fernando pasó tanto tiempo solo que empezó a aburrirse y decidió curiosear un poco. Todo era oscuro y tenebroso... Parecía que ese lugar ocultaba un misterio. En el callejón, al fondo había una escultura grande con un pequeña plaqueta debajo que decía: "Federico Gonzáles Suárez (1844 - 1917)" y detrás de ella, una puerta con una escalera que conducía al subsuelo... 

Caminó por esas escaleras oscuras y se encontró con una gran biblioteca oculta; estaba llena de telas de araña y los muebles parecían muy antiguos. Empezó a observar los libros, y se dio cuenta que habían de varios temas ligados a la crónicas ecuatorianas, cristianismo, poesía, medicina, derecho, etc.; pero lo que más le llamó la atención es que habían unos grimorios en un baúl. Estos grimorios tenían símbolos, gráficos, hechizos y estaban escritos en una lengua muy ancestral ilegible.     

El doctor Antonio Macías solamente llegaba a la sala de la hacienda en las noches para mantener largas conversaciones con Fernando junto a la fogata, luego cenar y tomar vino, a veces escuchaban música. 

Mientras pasaban los días, el profesor argentino seguía frecuentando, durante el día, la biblioteca en el subsuelo de la hacienda. Empezó a investigar sobre la figura de Federico Gonzáles Suárez, conociendo así su historia de vida (biografía) y se dio cuenta que era uno de los más importantes teólogos e historiadores del Ecuador. 

Gonzáles Suárez había tenido una gran biblioteca con libros de varios cronistas de Indias como Pedro Cieza de León (1520 - 1554), Pedro Sarmiento de Gamboa (1530 - 1592), Felipe Guamán Poma de Ayala (1534 - 1615), Bernardo Cobo y Peralta (1582 - 1657); así como del historiador y sacerdote Juan de Velasco (1727 - 1792) y del abogado, político y escritor Pedro Fermín Cevallos (1812 - 1893). Aquella biblioteca estaba al frente de los ojos de Fernando, complementada con otros libros de la colección del médico ecuatoriano. 

Una noche, en una conversación entre el Dr. Macías y Fernando empezaron a escuchar unas voces que salían de la biblioteca; el Dr. Macías bajó con su linterna para ver qué sucedía, pero entre la oscuridad solo salió un gato negro que se dirigió hacia el patio central y luego subió al tejado. 

Al siguiente día, Fernando al caer la tarde nuevamente escuchó unas voces que venían de la misma biblioteca; se acercó a uno de los estantes y en la parte de atrás había una gruta decorada con una roca denominada turmalina negra. Al tocar la gruta, Fernando viajó por un portal dimensional como si fuera una especie de sueño. 

El argentino salió caminando desde la biblioteca y fuera de la hacienda, se dirigió al centro de la ciudad de Cuenca. Se sorprendió al ver las calles con algunos caballos en vez de vehículos. Entró a la cafetería "El Morlaco" alrededor del Parque Calderón, que estaba junto a la Catedral, tomó un periódico y vio la fecha que decía seis de junio de mil ochocientos setenta y ocho, preguntó al mesero admirado ¿Qué día es hoy? y le respondió la misma fecha del periódico. 

Fernando había viajado en el tiempo cien años atrás, aún no existía la Catedral de la Inmaculada Concepción, sino solamente la Catedral Antigua ubicada entre las calle Sucre. Se enteró que el Arzobispo de Cuenca era Federico Gonzáles Suárez que mantenía una disputa intelectual y política con los liberales, especialmente con el abogado y escritor José Peralta, que estudió en la Universidad de Cuenca. El Liceo de la Juventud era una prestigiosa institución educativa que tenía a uno de sus principales poetas y escritores, Remigio Crespo Toral. 

De pronto, Fernando sintió que se había despertado de este sueño mientras estaba en la Biblioteca de la Hacienda del doctor Macías. Se quedó sorprendido y enamorado ante la cultura literaria e intelectual del siglo diecinueve en esta ciudad andina del Ecuador. Por ello, se dedicó a escribir sobre la cultura cuencana y ecuatoriana, así como sobre sus principales historiadores e intelectuales. Mientras en las noches seguía compartiendo sus conocimientos de literatura universal al médico ecuatoriano que hacía sus investigación. 

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